jueves, 25 de agosto de 2016

Castillo Alto de Nariya (Nerja). Libro "Reseña histórica de la Puebla de Nerja". Ramón Fdez. Palmeral

Hipotético Castillo Alto de Nariya (Neja). Una torre almenara con cerco y puerta acodada (estilo nazarí). Siglos X - XI. Era una fortificación llamada "de refugio" para protegerse en caso de ataques enemigos. Dibujo de Ramon Palmeral 2016, para el libro "Reseña histórica de la Puebla de Nerja".
El Castillo Alto de la époc almohade se encontraba en lo que es hoy el Polígono industrial Castillo Alto. Había una ruinas de ladrillos, que no sabemos dónde se encuentran.
Foto de uno resto del castillo alto fotografía de 1995.
"Reseña histórica de la Puebla de Nerja". Ramón Fernánde Palmeral

miércoles, 24 de agosto de 2016

Reseña de la Puebla de Nerja. La colonia genovesa en Nerja. Centurión es un apellido de origen genovés

De ascendencia italiana, concretamente de Génova, siendo su jefe por aquel entonces don Adán Centurión. Adán y su hijo Marcos prestaron grandes servicios al emperador don Carlos V, así como al rey don Felipe II, quienes los colmaron de mercedes, erigiendo, el rey Felipe, en marquesado el estado de Estepa con el que el emperador había agraciado a Adán como premio por el valor con que había peleado en muchas batallas a su servicio. Por tanto, puede y debe considerarse a don Marcos, primer marqués de Estepa y tronco de tan esclarecido linaje en España, del cual proceden también los marqueses de Monasterio, a través de don Octavio Centurión.

"PERITO EN PECADOS" (33 relatos asombrosos) de Ramón Fernández Palmeral. Ahora en (e.book, digital) Lulu.





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Autor ver currículum Ramón Fernández Palmeral 

 Colección de 33 relatos y cuentos. Algunos de ellos llevados al extremo de lo absurdo y lo asombroso, otros son casi novelas cortas sociales. Ha usado la mejor línea de los autores hispanoamericanos como Borges, Onetti, Cortázar o Casares. Ramón Fernández Palmeral es autor de varias novelas y del manual: "Secretos para escribir novelas y relatos". Temas de erotismo, misterio, experimentación Para componer los relatos ha empleado o usado todos los recursos narrativos de los "novísimos narradores" para asombrar al lector invisible, pero que en algunos casos, el lector formará parte de los relatos. Experimentación de la narración para no aburrir al lector. Algunos de los relatos deja recuerdos que son los verdaderos indicativos de la calidad de ellos. El lector pasará ratos muy agradables. Autor premiado en varios certámenes.


 Comentario de Pilar Galan Garcia en Facebook  Este libro es otra obra genial a las que nos tiene acostumbrados Ramón!!
Pero en esta ocasión está que se sale!!
Es mi libro de vacaciones y con sus historias paso ratos verdaderamente emocionantes y desconcertantes !!

Si quería subir a una Noria de risas y sorpresas empezar a leer Perito en Oecados y a disfrutad.

domingo, 21 de agosto de 2016

Caviclum, ciudad romana en el faro de Torrox-Costa. Fotos de Emilia Fernández. agosto de 2016














 Libros LULU
VERSION DIGITAL:

 VERSIÓN IMPRESA:


 Introducción



    Desde que yo tenía 6 ó 7 años pasaba los veranos con mis padres y abuelos en el cortijo que llamábamos del Mayarín o Mallarín Alto, término municipal de Torrox. El cortijo de mi madre era herencia mis abuelos, y que estaba adosado a otro cortijo, el de mis tíos Antonio y Dolores Fernández.

    Ya de mozuelo, en los años sesenta cuanto tenía 17 ó 18 años pasaba las temporadas de la recogida de las aceitunas en los pagos del Mayarín y el Comendador. Por la tarde íbamos mi primo José Antonio López y yo a llevar los sacos de aceitunas cargados en un mulo castellano (grande) bien a los molinos o almazaras de aceite de Cómpeta o Torrox (la Cooperativa).

    Cuando descargábamos, nos dábamos un paseo con el mulo por las calles empedradas de Torrox, para ir a alguna tienda porque siempre nuestras madres o titas nos hacían algún encargo de costura. Por lo general regresábamos al cortijo anochecido, teniendo en cuenta que los días en la temporada de las aceitunas eran muy cortos.

    Recuerdo que una tarde-noche, viniendo mi primo y yo de regreso al cortijo, subidos los dos en el mulo, porque en realidad era como nuestra furgoneta. Al vadear el río de Torrox, porque usábamos el camino de los arrieros de Torrox a El Acebuchal, a la altura de un molino, la mula perdió las manos delanteras (no se decía patas delanteras), se puso de rodillas en medio del río que llevaba como medio metro de agua, y caímos por la cabeza hasta topar nosotros dos en las frías agua del río. Empapados nos acercamos al cortijo Pastor, antes de ir al cortijo del tito Adriano (el padre de mi primo), para calentarnos en la lumbre y así secos o medio secos aparecer en el cortijo como si nada hubiera pasado.

    He de contaros, que sin ser yo torroxeño de cuna, pasé muchas fatiguitas cargando uva moscateles en las viñas con cestos en la cabeza para llevarlas a los paseros y solearlas hasta madurarlas y obtener las ricas y dulces pasas largas de moscateles. La vendimia se hacía sobre el mes de septiembre. Algunas noches solía llover y había que levantarse corriendo para echar las tablas o lienzos sobre los paseros, así se evitaba que se mojaran las pasas. Nuestra vida urbana se desarrollaba entre los pueblos de Torrox, Frigiliana y Cómpeta, ya que el pago del Mallarín (Al-Mayarín de origen árabe) equidistaba tanto de uno como de otro. A Nerja se iba poco.

     Cuarenta años después de estas aventuras labriegas de mi infancia y juventud, tuve la suerte de conocer en Nerja a Javier Núñez Yáñez, un cronista torroxeño afincado en Nerja con su mujer María Ángeles Lozano. Me «prevelicó» mucho su trilogía de La Caja de los Hilos, sobre la historia de Torrox del siglo XX contada con anécdotas y alto nivel memorístico. Desde esta amistad y conversaciones con Javier empecé a interesarme por la historia de la Axarquía, y empecé a comprar libros de nuestra historia. Empecé a escribir la Reseña histórica de la villa de Frigiliana, además he colaborado en el libro Las aldeas de la Acebuchal con mi hermana Vicky Fernández, con gran éxito de ventas, pues demuestra el evidente interés de la gente de estas tierras por conocer nuestra historia.

    Desde mi actual residencia en Alicante he recopilado una importante bibliografía sobre la historia de la Axarquía y sus pueblos, además de haberla visitado y pateado siempre que he podido, por ello, y una vez recopilado una importante documentación sobre Torrox me pongo en la faena de hacer una reseña de la muy noble y muy leal villa de Torrox, desde el neolítico a los tiempos actuales.

    Mi agradecimiento a historiadores Ciriaco Fernández Acevedo, Antonio Navas Acosta, Purificación Ruiz Acosta, Javier Núñez Yáñez, Salvador Márquez Galindo, Francisco Capilla Luque, Enrique Zattara, por sus textos a los que he tenido acceso.    A pesar de ello, nunca un libro puede sustituir una visita a Torrox-pueblo, caminar por sus calles, visitar templos religiosos, hacer compras y tomarse un vino del terreno con  una tapa de migas, y de camino llevarse un souvenir a casa.

    Y como escribía la poeta torroxeña Juana López Manjón: No toquéis campañas, / no toquéis a duelo, / José está dormido, / despertó en el cielo. /  José despertó en el cielo de Torrox que goza como dice su eslogan: «Del mejor clima de Europa».



                                                                            El autor

                          Ramón Fernández Palmeral. 21 de agosto de 2016

Me es muy grato saber la aceptación que ha tenido este libro. Ello demuestras el interés que existe por la historia de Torrox, Frigiliana o Nerja, un rincón de la Axquñia con abundante historia. Sin olvidarnos de Vélez-Málaga.

sábado, 20 de agosto de 2016

Frigiliana presume de Museo Arqueológico. Diario Sur

Frigiliana presume de Museo Arqueológico

La localidad axárquica inaugura un centro expositivo con 125 piezas que recorren desde el Neolítico hasta el siglo XIX

03.01.10 - 01:29 -


La comarca de la Axarquía ha sido durante siglos un lugar de asentamiento preferente de las distintas culturas y civilizaciones que han poblado la provincia. Lo demuestran los numerosos restos arqueológicos encontrados en lugares como el Faro de Torrox, la zona de Trayamar en Algarrobo-Costa o la desembocadura del río Vélez, entre muchos otros. Frigiliana, situada en un lugar estratégico, a apenas seis kilómetros de Nerja y entre el mar y la montaña, ha sido uno de estos enclaves privilegiados, en el que se han encontrado en las últimas décadas numerosos objetos que confirman la presencia humana desde hace más de 7.000 años.
Una cuidada y valiosa selección de estos restos arqueológicos puede verse ahora en el recién inaugurado Museo Arqueológico frigilianero, el primero de estas características que se abre al público en el conjunto de la comarca más oriental de la provincia. Se trata de un espacio expositivo construido en el interior de la antigua Casa del Apero, un edificio que data del siglo XVII y que se usó con fines agrícolas, muy vinculado al otro gran inmueble industrial del municipio que aún queda en pie, el Ingenio Azucarero de Nuestra Señora del Carmen.
Frigiliana está considerada una de las joyas del pasado árabe de Andalucía, con sus calles encaladas y estrechas, que se han conservado durante cinco siglos gracias al esfuerzo y al tesón de sus vecinos, según destaca el concejal de Cultura, Francisco Moyano (PA), quien cree que con el nuevo espacio cultural inaugurado, Frigiliana va a poder ofrecer al turista «un aliciente más, lo que convertirá a nuestro municipio en un destino muy atractivo».
Donaciones de vecinos
«Queremos seguir trabajando para mejorar, ampliar y dotar al museo, y a Frigiliana, de nuevo material en exposición», explica el edil, quien asegura que el Ayuntamiento está ya en negociaciones con los propietarios de las viviendas anexas a la Casa del Apero para extender las instalaciones de este inmueble, que también alberga dos salas de exposiciones temporales y una biblioteca, así como un gran patio central para usos polivalentes. Moyano agradece a los vecinos que hayan realizado donaciones de piezas para exponerlas en el nuevo Museo Arqueológico, ya que en torno al 5 o 6% de los frigilianeros han colaborado en la creación del fondo documental, compuesto por un total de 125 objetos.
Aquí se incluyen piezas localizadas en los principales yacimientos del entorno, como la Cueva de los Murciélagos, en el cauce bajo del río Higuerón, el Cerrillo de las Sombras, el Castillo de Lizar, el Peñón del Fuerte, el Poblado de los Poyos del Molinillo, Los Adarves o Las Maquinillas. Entre las piezas de mayor valor que pueden contemplarse en el nuevo espacio cultural hay un cráneo de un niño de unos ocho años, que data de entre 4.000 y 5.000 años antes de Cristo.
«Siguiendo tradiciones que se implantan en el periodo del Neolítico, le acompañaban objetos de uso cotidiano, como un vaso que puede verse justo en la vitrina de al lado», comenta el director y conservador del museo frigilianero, Miguel Cortés. «La comprensión de la naturaleza, del tiempo y de la propia existencia conforman el mundo simbólico del Neolítico. De aquellos rituales funerarios quedan testimonios en varias de las cuevas del río Higuerón», añade este especialista. Entre los valores más destacados de los yacimientos arqueológicos de Frigiliana está la constancia de la convivencia entre indígenas y los diferentes poblamientos, como fenicios y romanos.
Batalla del Peñón
Los fondos del museo van desde el Neolítico hasta el XIX, en la Edad Contemporánea, con dos ruedas de molino, una herramienta fundamental en el pasado rural del pueblo. De gran importancia son también los restos hallados en la zona del Peñón de Frigiliana, donde se desarrolló la famosa batalla de 1569 que supuso el fin de la presencia árabe en la zona.
De esta época se exponen numerosos ejemplares de artillería, como balas de arcabuz o un proyectil de cañón de unos 12 centímetros de diámetro. Además, hay varias decenas de monedas, desde la época califal hasta los conocidos maravedíes. Las cerámicas, como las vasijas funerarias aparecidas en el yacimiento del Cerrillo de las Sombras -un cementerio del siglo VI a. C.-, son otras de las piezas relevantes en la colección del museo. «Queremos editar material divulgativo y organizar visitas guiadas», avanza el conservador del espacio cultural.

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE PARA SABER MÁS ES "Reseña histórica de la villa de Frigiliana" de Ramón Fernández Palmeral, puesta l día con su nobleza.  De Venta en AMAZON.

Necrópolis de Lagos (Vélez-Málaga)

NECROPOLIS DE LAGOS


Esta necrópolis viene asociada al  yacimiento de las Chorreras.
En la necrópolis de los Lagos, se encuentran algunos vasos egipcios de alabastro haciendo pensar que podría  tratarse de una necrópolis fenicia de incineración.
Como todos los emplazamientos fenicios se encuentra sobre una elevación dominando la costa.
. Los fenicios que vivían en este asentamiento aprovechaban los recursos agrícolas, ganaderos, forestales y pesqueros de la región y tenían sus propias industrias de cerámica y textil. También participaban en el comercio mediterráneo de cerámica arcaica etrusca y griega oriental.
  Las tumbas de esta necrópolis serían un nicho-cámara orientado al este, de tendencia circular irregular y unos 45-50 cm de anchura, cuyas dimensiones vienen determinadas por el tamaño de las ánforas que funcionaron como receptáculo de los restos incinerados.
Este tipo de enterramiento es característico de las tumbas fenicias arcaicas (siglos VIII-VII a.C.) en la costa andaluza mediterránea.
Se encuentran fragmentos de un pequeño y excepcional pithos en una de las tumbas.
La vinculación que se establece en los ritos fúnebres de las necrópolis del área de Málaga con las formas que adopta la representación del poder en Oriente la encontramos también en el uso de vasos de alabastro. Estos recipientes fueron utili­zados como elemento de ajuar o como urnas cinerarias en muchas de las ne­crópolis fenicias del litoral mediterráneo como  Lagos y otras. Algunos de estos vasos, que en su origen debieron contener vino y perfumes de alta calidad, son de producción egipcia y excepcional­mente disponen de inscripciones jeroglíficas.
.
Cabe destacar los enterramientos de una elite social elevada que se entierra en las lujosas tumbas de cámara, cuya cronología se data del siglo VII a C.
En las colonias fenicias del área malagueña,  se da el uso de determinadas tecnologías o formas de hacer propias de grupos locales, y determinados vasos de cerámica destinados principalmente a la preparación y cocción de alimentos.
 En estas necrópolis se intenta proteger a los antepasados, existe una clara intención de guardar o esconder a sus muertos en lugares muy próximos y/o recónditos ante el temor de que las tumbas fueran saqueadas, potencialmente por los indígenas. De ello la diferencia con respecto a las necrópolis orientales y la singularidad que nos ofrece estazona, pues los enterramientos se encuentran en un territorio ajeno.
La cultura material de estos asentamientos revela una importante diferencia con respecto a los barrios con población fenicia en los enclaves onubenses: la cultura material ligada a prácticas sociales con una alta visibilidad pública y que es crítica para la construcción de determinadas identidades y jerarquías sociales en las colonias remite prácticamente siempre a modelos fenicios, que pueden ser netamente orientales o reelaboraciones propias de estos ám­bitos occidentales.
Esta utilización de la cultura material manifiesta, por un lado, una clara intención por parte de los residentes de estos enclaves en construir una iden­tidad comunitaria, propia y diferenciada con respecto a la población local que vive en asentamientos no coloniales, y, por otro, la intención de estable­cer unas jerarquías sociales en la colonia que pivotan en torno a identidades de tipo étnico. En estos ámbitos, estas identidades sociales se establecieron, posiblemente, a través de la descendencia, pero principalmente a través del uso de una cultura material que subjetivamente identificaban como «feni­cia», tal y como sugieren los enterramientos.
Varias décadas después del establecimiento de los primeros colonos en esta área, se erigen los primeros cementerios. Los más antiguos, como el de Lagos, datan de finales del siglo VIII a. C. (Aubet et al., 1991), cuando pare­ce consolidarse el proyecto colonial en la zona. Todos los grupos de tumbas se sitúan a cierta distancia de los asentamientos e insinúan que ya a finales del siglo VIII a. C. las colonias se han apropiado de un pequeño territorio que se extiende a su alrededor. Estos cementerios coloniales son siempre agrupaciones de muy pocas tumbas –entre dos y una veintena en el mayor de los casos–, por lo que criterios muy restrictivos (López Castro, 2006: 76-77), posiblemente de descendencia, debieron de definir el enterramiento en estos espacios.
Las gentes según los hallazgos, quizá,  vivían en régimen de población mixta.
En muchas de las necrópolis fenicias y púnicas conocidas a lo largo de las costas hispanas como Lagos,  se ha venido detectando un fenómeno antropológico y social opuesto, pues las tumbas de cámara han sido interpretadas tradicionalmente por los investigadores como principescas o como sepulcros pertenecientes a las clases aristocráticas dirigentes de la empresa comercial fenicia. La escasez de los restos de tumbas de esta categoría y la enorme riqueza de los ajuares encontrados en el interior de las mismas, han hecho pensar que pertenecieron a una clase social elevada.
Una de las dolencias más habituales con las que tenían que lidiar los médicos de la Antigüedad era la artritis, un mal que afectaba a las articulaciones mucho antes de la llegada de Roma a Hispania. Así queda de manifiesto en los restos óseos de un varón de entre 40-50 años de edad que fue enterrado en una de las tumbas fenicias del siglo VIII a. C. ex­cavadas en Lagos.
Las tumbas de lagos y otras confirman el arraigo en la Península ibérica de mercaderes de rango que controlarían las transacciones comerciales entre las colonias occidentales y las ciudades reino-fenicias.

viernes, 19 de agosto de 2016

"Los misterios de la isla de Tabarca". Relato número 23 de mi libro PERITO EN PECADOS. Intriga, amor, fantasía.








 23

     LOS MISTERIOS DE LA ISLA DE NUEVA TABARCA

 
 1     
     Vine a la isla de Tabarca, situada a unas millas al sur del Cabo de Santa Pola (Alicante), no para matar a un hombre como empieza la novela Beltenebros de Antonio Muñoz Molina, sino para buscar dentro de mí el karma,  la paz interior  y la soledad suficiente como para escribir mi segunda novela después de haber ganado un premio Alhambra de novelas histórica por El cadí de Alcántara. Por ello mi editor me encargó una segunda novela. Yo elegí la isla de Nueva Tabarca como retiro para ambientarme y concentrarme como lugar elegido para mi próxima novela sobre el caudillo Almanzor. No obstante, ahora me lamento, jamás debí aparecer por aquí, porque es una isla llana de fantasmas.
   Ahora tenía un anticipo por derechos de autor para una segunda novela de la cual no tenía claro el título pero el tema me iba sobre  árabes con intrigas, una especie de thiller policiaco-medieval y tenía que estar ambientada en la Córdoba del califato omega, si hubiese sido la editorial de Barcelona está claro que me la hubieran pedido ambientada en Franco Condado, es el precio que hay que pagar al encargo. Ya estaba encasillado en las novelas medievales, en cuanto te encasillan te ponen orejeras y ya no quieren que cuentes otras historias.


    2
 
     Llegué a Santa Pola por la mañana de un lunes de finales de octubre, en invierno, temporada baja de turismo, aparqué mi coche en una de las calles que en forma púas de peine llegan hasta el paseo marítimo. Me acerqué hasta el muelle donde salen los ferrys para la isla de Nueva Tabarca o isla Plana. Embarqué en un catamarán de visión submarina.  Conforme nos acercábamos al espigón de la isla (no tiene puerto) se vía el lienzo de la muralla de defensa, el paquete barroco de la iglesia con su campanario vigía,  baterías de casas de una o dos plantas.
   Cuando bajé del catamarán con mi pesada maleta de ruedas me quedaba una empinada cuesta hasta puerta principal de San Miguel.      Saque la máquina de fotos y tropecé con un hombre mayor sin querer, el hombre se puso a la gresca a vocear, por culpa de mi torpeza, era un hombre fuerte, sin afeitar con boina gastada, moreno casi negro y fuerte Mis disculpas no le valieron, como si la presencia de los visitantes le irritara sobremanera, me disculpé varias veces educadamente, pero el hombre no se venía a razones, tenía un bastón de madera  en la mano grande, no hubo forma de calmar a aquel hombre enfurecido como una tormenta procelosa. Me dije mal empezamos, sin saber yo todo lo que me iba a suceder
    Continué andando por el muelle mientras me alejaba de hombre que se quedaba con sus redes sin dejar de increparme.
    Me alojé en el Hotel Boutique Isla de Tabarca (antigua fortaleza de la Casa del Gobernador). Un hotel con un primer miso y 15 habitaciones.   La ventana de mi habitación daba al mar. Por eso  elegí la isla de Tabarca, para, nunca mejor dicho, disfrutar del aislamiento que te produce toda isla o paraje olvidado de la civilización, escollos, farallones, solitarios faros, cementerio al levante.
    Empecé a escribir en unos folios en blanco de mi ordenador.  Lo primero era buscar un título como una simple referencia, ya había pensado en uno mientras venía en el catamarán, nunca el primer tirulo es el definitivo escribí: ALMANZOR, EL INVENCIBLES. La vida de un visir del califa Hixam II, en la  Córdoba floreciente del siglo IX. Almanzor había nacido en catillo alto de Torrox  en la Cora de Rayya (Málaga) en el año 939. Ahora tenía que encontrar un narrador que me gustara, y tenía a Asmá, la esposa sultana de Almazor. Escribí:






                            Título: ALMANZOR, EL INVENCIBLE.

                                       CAPÍTULO  I.
                         
      La floreciente Córdoba era trono de la Estrella Feliz, título sublimen del califa Al-Hakam II,  época en la que se inauguró una biblioteca pública donde se encontraban los incunables más raros y exóticos de los griegos, indios y orientales, como el "Kitaba al-ganai"  de Isfahani.  Pero la fecha más importante de mi vida, fue el día de mi matrimonio con Mohammad Ibn Abi Amir, luego  llamado Al-Mansur o Almanzor el victorioso. Era la fiesta del Neiruz, el primer día de la luna de muharram de año 367 de la Hégira, lo recuerdo porque coincidía con el  primer día del año, se celebró en los jardines risueños de la almunia de al-Almiría, que le regaló el califa como presente de boda, un alcázar rodeado de frondoso bosque y deliciosas sombras, rica agua, un valle resguardado del viento de las sierras, nunca un jardín tuvo un emplazamiento más acogedor o seductor.  Jardines de romperían con rostro guarnecidos de flores, arcos en forma de herradura, decorados de estucos, hermosos decorados y mejores aposentos que hacía gala de arte y riqueza, un poeta de Babdag dijo al verlos que eran lugar de viciosa frondosidad.
Yo fui paseada por la ciudad  montada en una yegua muy bien enjaezada, mis vestidos de seda y velos cubrían mi rostro, lucía ricas aljorfas, me acompañaban, familiares, amigos y nobles caballeros, delante de mí iba el cadí de Córdoba, los jeques y testigos de mi boda. Después de la ceremonia en la que hubo banquetes, zambras, alimas y jeceles, hubo regalos para los poetas y limosnas para las aljamas, hospitales e imágenes. Luego fui llevada al pabellón nupcial, donde custodiada por mis damas y esclavas esperé a mi esposo el resto del día y de la noche, la fiesta continuaba fue en los jardines, las risas y los cantos resonaban en las bóvedas de mis aposentos. Tenía cierto temor a encontrarme con mi esposo, más que temor, eran dudas de no gustarle lo suficiente ya que no soy lo bella que son otras mujeres de Córdoba,  lo había visto tan sólo una vez a través de la celosía en el alcázar real, porque mi padre era el Hayib Gálib del califa. Jamás entré en el conocimiento de por qué quiso tomarme como esposa, pero que duda mi esposo quería tener como amigo a una persona influyente en el califato.  La primera noche llegó mi esposo tan cansado que no me tomó no pudimos sellar ni consumar el matrimonio.   Al día siguiente un mensajero le dijo a mi esposo que había revueltas en la frontera y se marchó con un reducido ejército de taifas y beréberes africanos a Medina Salamanca por la puerta de Toledo, no me explicaba cómo prefería el reposo de las armas al reposo de los brazos de su esposa, cabía la  posibilidad de perderlo sin consumar el matrimonio, mi padre me hizo que ningún muslí podía renunciar  a la llamada de la yihad o guerra santa, y me conformé.     
El cerco de Salamanca duró tres lunas sin que pudiera reblandecer la muralla con los almajaneques y no tomar la plaza, y regresó a Córdoba, no sin antes sin saquear los arrabales y campos de salamanca, ganar castillos cristianos y apresar esclavos. Otra vez se trajo a Córdoba las campanas de Santiago de Compostela.  A la primavera del año siguiente volvió para ganar León encontrándose  en campo abierto a las huestes del rey cristiano don Ramiro III...

               
                         
 4
    Había escrito un folio y medio y la inspiración se me había ido. Yo seguía el procedimiento habitual, para escribir, lo primero era sentarse.
    Todavía no había visto nada de la isla de la que me habían contado que tenía forma de madeja mirando al Este. Pasé por la puerta de San Rafael hacia una roca batidas por el mar. Allí oí un siseo alguien que me llamaba desde  unas cavidades rocosas bajo la muralla, especie de gruta, me acerqué y vi que un hombre muy extraño con vestimentas muy antiguas, medieval, y con un parche de pirata sobre el ojo izquierdo como el de la Princesa de Éboli, me llamaba para que pasara a su interior, me acerqué con ciertas reservas para saber qué era lo que quería de  mí, pensé de inmediato que buscaba ayuda, cuando bajé a la cueva no más grande que una habitación le seguí por una especie de túnel, iba yo  detrás del pirata medieval que insistía en  enseñarme algo, vi bajo la luz de un candelabro que eran los resto de un barco el cual estaba lleno  de ánforas romanas de alguna excavación clandestina, cofres cerrados, remos y algunas joyas, el extraño hombre hablaba en un idioma que yo no entendía, aunque sí su mímica, me decía que cogiera un medallón circular de un palmo de diámetro con una media luna de marfil en su interior que giraba dentro de un círculo por sus extremos,  en cuento cogí el medallón noté que desprendía calor y el hombre del parche en el ojo quería decirme que me lo quedara.
    Cuando lo tuve en mis manos, el hombre desapareció de repente de mi vista como si se hubiera metido por una puerta invisible o una puerta del tiempo, entre los muros macizos de aquella gruta en la que se podía oír el batimiento del mar. Por qué razón me lo ofrecía a mí y no a uno de la isla, a un foráneo, a lo mejor no se fiaba de ninguno de la isla y quería salvarlo, pero de qué.
    Salí muy nervioso de la cueva y la tarde se moría en una hemorragia suspendida que jamás había presenciado, me dirigí a mi habitación del Hotel para examinar el medallón que tenía una decoración periférica muy extraña y darme cuenta de que era cierto lo que habían visto mis ojos.  Cuando me tranquilicé bajé a cenar al restaurante del Hotel, no era yo el único comensal porque vi a una mujer cenando de pelo caoba, piel blanca y de cara rolliza, con un parecido a la Mónica Lewisky. Cuando llegó la camarera a servirme, una morena de unos treinta años de muy buen ver y mejores caderas.  Pude confirmar por su forma de hablar que era tabarquina, más tarde a los postres como quien espera que se le dé el visto bueno a la comida, le pregunté que quién era el pirata que vivía en las cuevas junto a la iglesia, cuando ella me dijo que nadie yo me quedé aún más asombrado,  fue el momento de describir al hombre, y cuando le di los detalles de su aspecto y del parche en el ojos.
    –¡Ah!, con que el moro Mohamed se le ha aparecido a usted cerca de la cueva de Lobo Marino –me respondió con naturalidad como si se tratara de un personaje familiar normal sin la más  mínima expresión de miedo… Hacía tiempo que no sabíamos nada de él. Tiene que tener cuidado de que no se le meta en el cuerpo. Ya pasó con un santapolero.
–Yo no creo en espíritus que se aparecen –le dije con rotundidad.
–Pues créaselo. Pregunte, pregunte a los vecinos de la isla.


    Me quedé pensando que se había equivocado de persona, luego me estuvo contando la leyenda que existía en la isla de un moro corsario que invadió la isla hace siglos y que la gente de la isla lo apresaron y lo mataron,  luego lo echaron en el interior de una cisterna o aljibe cerca de un islote que ahora llaman Cap del Moro, cuando fueron a la cisterna para sacarlo y enterrarlo, el cuerpo del moro difunto no estaba dentro, había desaparecido, dicen que como venganza se quedó en la isla junto a su tesoro, y esa era toda la historio, pero yo no le dije nada del medallón  que me había regalado el moro, no fuera a que me lo pidieran como parte del patrimonio de la isla, además era la prueba de que había sido cierto la aparición del espectro.
      La chica camarera era una morena muy guapa, me dijo orgullosa que era familia de los Capriati y se llamaba Miranda, me gustaba hasta el nombre, como no le vi el anillo de casada le propuse, no sin cierto atrevimiento, si me dejaba acompañarla hasta su casa cuando terminara el trabajo y así podría contarme cosas de su extraña  isla que no vienen en las guías ni en los folletos de turismo, a la vez, te mueven al presagio de una aventura secreta.  La verdad es que no había mucho trecho que acompañar porque el poblado de San Pablo es pequeño con  las casas concentradas en la parte oeste de la isla ceñidas por la muralla de defensa.   Con cierta brusquedad me dijo que ella no se iba a perder en su isla, y como entendió que yo pretendía cortejarla, aceptó con un bueno, haga usted lo que quieras. «No me hables de usted» –le dije para intimar. Lo siendo pero usted para mí es un cliente más.
        La luna nueva se había adueñado de la isla, navegante al poniente con sus reflejos de plata como lomos de besugos. El ruido de las olas se dejaba sentir con una monotonía a la que dejé de prestar atención.
     Miranda me habló sin parar con una facilidad inusitada, sin querer me enteré de que la  mujer pelirroja del restaurante eras una alemana de Colonia asidua de la isla, muy simpática y de mi edad. ¿Pero qué edad te crees que tengo? Me echó uno 40 años rebajando. Cuando en realidad yo tenía 29 años. Quizás la barba me envejecía. Siguió contándome datos de la isla que yo sabía porque  los había leído, pero puse cara de no saberlo, que la isla era Patrimonio Histórico Artístico desde 1964 y Reserva Marina desde 1986, y que en ella no se podía pescar ni bucear, salvo con permiso de la Consellería, que la isla tienen unos 1500 metros de longitud y una anchura entre los 50 y los 600 metros, que en el pueblo hay dos bandos: los que quieren que la isla prospere turísticamente, y los conservadores, como su padre, son de los que quieren que la isla continúe salvaje, sin tantas molestias por parte de los turistas.
     Miranda  una magnífica guía que sabía mucho de la isla me apuntó que su apellido era originario de genoveses, de los que fueron expulsados en 1786 de la Tabarca la vieja en Túnez.  Las piedras de las murallas las sacaron del islote llamado precisamente La Cantera, me estuvo dando detalles para turistas que en realidad no me interesaban, yo deseaba conocer las leyendas y las supersticiones de la isla. Mañana, vaya usted al Museo Nueva Tabarca en el Almacén de la Almadraba y verá nuestra historia.
    Los ojos de Miranda eran espejos de cierva bajo la Luna, se iluminaban al hablar de su isla con gozo de virgen, yo me hacía ilusiones en seguir viéndola con una relación distinta a la de camarera  en el restaurante del hotel de la Casa del Gobernador, sino en una relación más íntima, pero las ganas se me quitaron cuando al llegar a la puerta de su casa que estaba abierta, vi dentro al hombre del garrote sobre el que me había caído esa mañana, así que sin que le diera tiempo a que me viera me despedí de Miranda con un saludo rápido.



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   Regresé  a mi habitación del hotel con cierta preocupación, no fuera a ser que,  en la soledad de las calles, me asaltara el moro Mohamed del ojo con parche, ya no estaba yo como para pasearme en mis propios pensamientos, que eran muchos para un solo día. Cerré la ventana a pesar de que hacía calor, esa noche no pude dormir, dando vueltas en la cama, tenía que comerciar con el insomnio, sacar provecho de su vista, me hizo coger un libro para leer un poco, tampoco podía concentrarme en la lectura, pasaba las páginas sin haberme enterado de nada, me levanté para escribir como si mi personaje, el invencible Almazor, me esperara agazapado tras la pantalla del ordenador. Pero ya no me interesaba la novela que acaba de empezar sino que me interesaba la leyenda del moro Mohamed que me había dado un medallón y tenía allí delante de mis ojos como un imán mental. Me documentos sobre el temido corsario Dragut del siglo XVI que en 1550 había asolado las costas alicantinas. Era un personaje anterior a los habitantes de Tabarca que vinieron en 1769. Por ello, cambio el nombre de Dragut por el de Dragutón y situarlo dos siglos y medio posterior.  Y empecé a escribir una nueva novela.






                    Título: DRAGUTÓN, EL SANGUINARIO

                                     Capítulo I

    El 24 de mayo de 1790, desembarcó en Isla de Santa Pola el corsario Turgut Reis, llamado Dragut por los españoles, con 14 galeras. Con pretensión de atacar Alicante y su rica huerta de San Juan, arrasando los cultivos y apresando a toda la gente que encontraran para hacerlos cautivos y cobrar rescate por ellos. Los cristianos se guarecieron en su torres refugios desde cuyas almenas se defendían, una de ellas era la Torre de las Águilas, y la de la Santa Faz en la villa de San Juan.  Cuando las gentes de alrededores, tras cundir la alarma, acudieron a la villa hicieron frente al pirata Dragutón se vio obligado a reembarcarse y huir mar adentro a la isla de santa Pola, lugar de refugio donde no llegaban la galeras reales.
    En la isla había unos veinte vecinos que tuvieron que abandonar sus casas y ocultarse en la torre de la una Isla de Santa Pola donde prácticamente no había refugio para tantas personas.
    En esta ocasión, abordó las playas de la Albufereta. Desembarcaron algunas compañías árabes que se hicieron dueñas de las posiciones en la Serra Grossa y en la Sierra de San Julián. Más tarde, se apoderaron del Tossal de Manises, donde colocaron dos cañones con los que atacaron (y mucho) a la población.
     Al parecer, querían hostilizar la huerta para atacar la ciudad.
Sin embargo, la artillería del Castillo de Santa Bárbara y de los baluartes les obligó a  los corsarios a reembarcarse precipitadamente, abandonando sus pretensiones de ataque y saqueo de la ciudad de Alacant.
Nunca más, que cuenten las crónicas, se vio a Dragutón atacando nuestras tierras de Alicante, pero se quedaron en la isla de Santa Pola…

 
   6
      La idea del medallón me iba a servir para inspirarme, sin querer meterme en una historia de Las Mil y una Noche.  Me levanté para ver el medallón y me di cuenta que la media luna color marfil se había puesto de un color púrpura como un rubí, y al tocarlo me quemó levemente el dedo índice y pulgar, ardía o era un aviso, usé en dentífrico parta aliviar la quemadura en la yema del dedo. Esta situación empezaba a inquietarme, casi a hacerme salir de la isla. Un vientecillo lebeche empezó a traquetear la ventana como toros llenos de bravura, la volví a cerrar con fuerza, pero al par de hojas se resistían, Era una vendaval  procedente del Levante. El mar resonaba encorajinado con toda su furia, las cavidades rocosas como cañonazos de olas, cavidades sonoras a nivel del mar que existen frente a la pequeña cala de la Casa del Gobernador, el mar no es que estuviera rizado, sino escaldado. Las ventanas de la habitación silbaban cada ven con mas fuerzas como si hubiera llegado un ciclón, y ya, no había forma de abrir una puerta sin enfrentarse a su resistencia aerodinámica del temporal que se avecinaba, y esto era solo el principio.


    Al día siguiente desperté y miré la isla, los dos estábamos desnudos en nuestras soledades: la isla y yo. El vendaval continuaba dando fuerte el mar se había puesto emborregado y prácticamente no se veía nada.
    A la hora del desayuno bajé hasta el restaurante, no vi a Miranda, sin embargo, allí estaba la alemana, que me miró con sus ojos zarzos con cierto alegría de ver allí a un ser humano y con ciertas aceptación de que ocupara el asiento del conductor de su mesa.   Así lo hice, diciendo mi nombre primero como se hace en las películas, se presenta uno y ya está dado el primer paso.
     –Me llamo Miguel Bozas, y el ofrecí la mano. ¿Le importa?
     ­–Yo Hildemarie Fiegenbaummen. Siéntese vos.
     Hablaba español con acento argentino.
    Empezamos criticando el mal tiempo, y dijo que ella buscaba precisamente los días así, que por eso visitaba la isla, se asombraba de que yo me extrañara del viento. Entonces, vos vino a la isla del viento, ahora no se queje. Le respondí que a lo mejor me iba esa misma mañana, y ella negó con la cabeza mientras le daba una cuchillada al croissant, ¿por qué no?" le pregunté, seguramente con la fuerza de este temporal no llegan los ferrys,  y se sonrió llevando  una arruga a la comisura de los labios que le daban una riqueza de mujer experimentada que calzaba ya la edad de los 50 años en plena menopausia. O sea, que ahora sí que estamos verdaderamente aislados, entonces me iré en cuanto llegue un ferry, dije como consolándome a mí mismo. La alemana se disculpó diciendo que tenía que trabajar, se marchó sin yo atreverme a preguntarle por sus labores, ni a mí me importaba.
     No iba a ser fácil concentrarme en mi novela sobre Dragutón con el viento azotador de un invasor que se convierte en preocupante para quien no le conocemos, cuerpo de invisible visitante, el silbido del viento te llama sin cesar como de una advertencia inminente y te pone la cabeza sonada.  Me atreví a abrir la puerta del paraíso para salir a la calle y dar un vistazo, el viento me lapidaba con sus cuerpos extraños cargado de perdigones como un tiro de caza, las puertas de las casas cerras, no había un ser humano por ninguna parte, cómo los iba a ver, y para soportar ese vacío de un lugar que no se ve a nadie, como si todos me hubieran dejado solo en la isla, había que estar preparado psicológicamente, en los prospectos turísticos no te hablan del viento que hace aquí. Quizá hay que tener mentalidad de isleño y no de peninsular. El viento te intranquiliza y te ataca los nervios.
       Así que no tuve más remedio que regresar a mi habitación para encerrarme, para ocultarme del viento si podía. Para abrir una puerta había que cerrar otra. En el momento en que yo me acercaba por el pasillo a mi habitación vi que Miranda salía con su bata de faena de limpiar mi habitación, me dio mucha alegría ver a alguien y sobre todo a ella. Quería darle conversación,  pero ella no me hablaba, era muy distinta a aquella chica parlanchina de anoche a la que le brillaban los ojos con un destello de luna en el mar, parecía como si el viento también le trastornara, no me di cuenta que se sentía en cierto modo humillaba por el trabajo de limpiadora que hacía, además yo le impedía con mi charla trabajar, no me daba cuenta que ella pensaba en enamoramientos y cosas de esas como matrimonio, sin que supiera que yo tenía fobia al matrimonio y por eso jamás me podría casar, ni con ella ni con nadie. Tenía la historia en la cabeza pero no tenía inspiración para pasarla al ordenador. A veces hay que recurrir a las botellitas de las neveras de los hoteles y tomarse un par de botellitas para empezar con un borrador, pero para empezar a escribir, la única fórmula que conozco es la de sentarse. Primero sentarse. Coger un bolígrafo un folio y empezar a emborronar dibujitos hasta conseguir que salgas las palabras y las ideas:
              

    …mujeres y niños se cobijaron con la gruta  del Lobo Marino, para no ser hechos esclavos por la flota turca que acaba de desembarcar en la isla. Eran feroces y no entendían de compasiones. Los hombres se unión con su armas en un grupo, al mando de ellos estaba un cristiano viejo, llamado Aurelio de la Vega. Había que actuar en algún tipo de sabotaje contra las galeras del turco Dragutón. Y había que actuar rápido antes de que la marea subiera por el temporal que se avecinaba e inundara la cueva donde se refugiaban las mujeres y los niños. Y venía temporal de levante, el mar los alcanzaría la gruta del Lobo Marino, aquel refugio era muy precario.

7
   Llevo una semana en Tabarca, aceptando el paso del vendaval como algo normal, a pesar de que estos vientos constantes te pueden volver medio loco. Tengo que seguir con la novela el corsario Dragutón de la isla.  Me he dejado encariñar por Miranda. La alemana, cuyo nombre no recuerdo ha aceptado mi amistad de huésped en los desayunos y cenas.
     El medallón que me dio el pirata Mohamed cambia de color según el día, es como un avisador  del tiempo que se acerca pero yo no sé interpretar.
     Estaba convenciéndome a mí mismo, que era normal que un moro muerto hacía siglos se me apareciera y me diera un medallón, debía estar perdiendo la razón, la lógica de la ciencia, estaba inquieto, lo que conozco pero no hasta tal punto o es que  el viento de Tabarca te vuelve loco. 
      Una tarde decidí acercarme hasta las oquedades de la muralla junto a la iglesia de San Pedro y San Pablo, allí debía encontrar alguna explicación a lo que estaba pasando. Aproveché la tarde para entrar con la linterna del móvil, el especio ganado a la roca por excavación, pero no estaba el túnel que bajaba hacia el interior, toqué la roca volcánica, di unos golpe, imploré que se me apareciera de nuevo, la falta de explicaciones a un fenómeno tan extraño me hacía sentir un vació en mi lógica cotidiana. Un efecto que no había soñado y que no podía dar por válido, y cuando uno no acepta la culpa, el error, la humillación o la insolencia se siente  terriblemente enfermo.  Me parecía que tenía fiebre.
     Desilusionado busqué de nuevo a Miranda para contarle lo del  medallón que me dio el moro Mohamed, no podía seguir así, cruzándome de brazos, argumentado que en Tabarca podían aparecer los espíritus con la facilidad que entra el viento en la isla y lo confunde todo. Yo no creía en fantasmas ni en espíritus pero cuanto más tiempo pasaba en la isla, más  convencía de su posible existencia. Haberlas ailas dicen en Galicia respecto a las brujas. 
    Pude ver a Miranda a la hora de la cena, le dije que cuando terminara del trabajo quería hablar con ella. Cuando terminé de cenar le hablé del medallón que cambiaba de color, eso no lo sabía ella, incrédula aceptó en subir a la habitación a verlo. El medallón tenía ahora un color verdoso, y que yo no podía interpretar, si lo supiera descifrar quizás supiera lo que iba a avecinarse.  Tomé el medallón, Miranda y yo nos acercamos de noche hasta la gruta del Lobo Marino, o cueva del moro Mohamed (o quizás era el corsario Dragut). Otra vez estábamos los dos en las nocturnas calles del poblado de San Pablo en Tabarca.
     Allí en la gruta estaba el túnel misterioso, que bajaba hacia el supuesto lugar de un naufragio de barco con ánforas romanas, pero al llegar hasta el lugar previsto no había tal cosa sino que todo el espacio era una manta en el suelo todo decorado con candelabros rosados y música apaciguada,  ella se enfadó por el motivo de engáñala tan sutilmente para estar con ella. El lugar era otro, aquí no he estado nunca, es la primera vez que lo veo, le dije disculpándome. Notamos la intensidad de un perfume afrodisiaco, sentimos calor, no podíamos resistir nuestros deseos de amor allí en un lugar tan privilegiado para besarnos apasionadamente, sentí el calor de sus labios.  Cuando estábamos tan entusiasmados, oímos voces, y al abrir los ojos nos encontrábamos en la playa de una cueva que daba al mar, una voces inteligibles salían del interior y salimos por donde habíamos entrado.
 
  Esa noche después de cenar y tomar una copa vi a la alemana que estaba bebiéndose una cerveza en la barra del hotel. Me acerqué a ella, y en seguida empezó a contarme las desgracias de su vida, que le hacían alejarse de Alemania, buscando un refugio espiritual como esta isla de Tabarca. Estaba depresiva y empezó a llorar, necesitaba cariño y alguien que le prestara atención. La verdad es que era una mujer voluptuosa pero atractiva. Después del calentón que había tenido con Miranda, la alemana de la que jamás aprendí su nombre ni apellido, hicimos el amor en su habitación.   



  8
    A mi novela sobre el corsario Dragutón había que darle un empujón, llevo aquí dos semanas, jodiendo con una alemana, engañando con palabras a una isleña y no habiendo pasado del primer capítulo.
    Mi editor me llamó al móvil quería que le mandara ¡ya! unas páginas por correo electrónico. Me amenazó que si no le mandaba algo vendría el mismo a visitarme y tomar unos días de descanso conmigo. Ahora no. Le dije que no viniera que esto era la muerte, el culo del mundo, lo que me faltaba era decirle que había fantasmas.  Esa misma tarde me hice cinco folios y empecé el segundo capítulo. Por la noche esperé a Miranda para acompañarla hasta su casa quería hacerle miles de preguntas, me contó una fábula de un  antiguo pescador de la isla que tocaba la armónica en su barca creyendo atraer a los peces, que su armónica los encantaría y al acercarse a su barca los cogería con la mano, pero como los peces no se acercaban entonces inventó el ral o red redonda para lanzarla desde la barca y cogía muchos peces con ese sistema, entonces le dijo a los peces: Yo creía que os gustaba la música  porque saltáis de alegría cuando os sacas del mar. Pero viendo que con la música no conseguía atraerlo siguió con las redes y cada vez las hizo más largas y laberínticas como una red de almadraba.  Yo sabía que me sonaba a una fábula de Esopo, no conocía con el que se contaba la fábula en la isla, y cuando nos acercamos a casa y vi a una de sus hermanas felicitarla con su cumpleaños y decirle que se aligerara para soplar las velas de una tarta, en una fiesta de amigos y familiares yo vi la ocasión de entrar en su casa como uno más estabas todos muy complacientes conmigo; por eso, el sentido de la moraleja de esta fábula la descifraba con la siguiente fórmula:  Si el pretendiente no se acerca con la música de la dama hay que tenderle las redes. Toda su familia estaba muy complaciente conmigo, con el escritor. Menos su padre.
    En casa de Miranda se habían reunido sus hermanos: dos varones de una percha impresionante, una hermana menor, su padre que me miraba con cierta resignación en aceptar mi presencia, su madre cariñosa y amable hasta la melosidad, varias amigas vecinas y el cura, era lo único que me faltaba.  Pero mi alivio fue saber que el cura estaba allí para unos días, no estaba fijo, sino que venía los sábados para la misa.  
    Aprecié que era una familia modesta, la casa era amplia y reformada con patio interior, los trabajos que desempeñaba ella y el  padre no demostraban su patrimonio, no entendía que la isla producía el trabajo que en realidad requería su mercado turístico.
    Esperé la  ocasión para hablar con el cura, como hombre ilustrado.  Cuando el conté mi oficio de escritor me habló de la pequeña biblioteca existente en el despacho del cura párroco junto a la sacristía de la iglesia, tesoro de libros sagrados y otros que se conservaban de los primeros colonos y que trajeron consigo de la Tabarka tunecina.  Me ofrecí en investigar sobre la isla si me dejaba meter las zarpas en tan exótica biblioteca, petición a la que dio permiso y me presentó a Jacinta, la beata o guardiana de la llave de la iglesia.
    Cuando terminé de hablar con el cura se despidió con que se iba  al día siguiente en el ferry, entonces, si había barcos yo me podía también marchar, pero tal y como estaba el temporal de levante no se podía salir en barco de la isla.  Pero yo había cambiado de opinión,  ahora no tenía intención  de marcharme porque tenía otras cosas pendientes, además de escribir mi novela. Ahora estaba ocupado con investigar en la profundidad de la historia de la isla en la biblioteca. Tenía un medallón indescifrable. Una historia entre mano, que apuntaba bien. También debía reconocer que Miranda me gustaba mucho, y sobre todo después de la fiesta de su cumpleaños en las que todos fueran tan amables conmigo. Me sentía aceptado en la familia tabarquina,  incluso hasta por el hombre del bastón, que era su padre.


9
   Regresé muy tarde al Hotel, no sabía la hora que era ni tampoco nadie me esperaba, la conversación en el convite en la casa Miranda me daba nueva ideas sobre mi novela de Dragutón. En cuanto abrí la puerta de mi habitación, oí en el mismo pasillo que se abría la puerta de la alemana, con bata, despeinada, con ojeras, cargada de alcohol, y empezó darme una bronca a puros gritos como si fuera una esposa cuando llega el marido tarde:  No creas vos que me puedes dejar así como a así por esa monada. Puse cara de no entender. Así no me la vas a pegar con esa camarera, a mí no me desprecia nadie dijo chillando mientras se tambaleaba en la puerta de la habitación.  ¿Qué camarera?, pregunté abriendo las manos como queriendo dar a entender que yo podía hacer lo que quisiera.  La morenita del hotel, que no me dejas, cómo te lo tengo que decir que no, que no me dejas, a la vez que ponía cara de enfado y se le salían los ojos de dolerle las muelas.
     «Acuéstate -le dije y olvídame–, estás borracha».  Ella se echó a llorar con desconsuelo como último recurso para llamar mi atención y entré dentro de su habitación para saber a qué venía aquel espectáculo si tan solo nos habíamos acostado una sola vez y lo hice por elevar su autoestima. No creas que a mí se me deja tan fácilmente, si me dejas soy capaz de cualquier cosa, te acuestas conmigo y al día siguiente me desprecias, me olvidas como si yo fuera una prostituta, como si yo no tuviera sentimientos. Por favor, no me dejes, no me vayas a dejar, yo te quiero, eres el único hombre que he querido desde la muerte de mi hija. Di que no me va a dejar por esa chica.
     La alemana insistía llorando y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, sentados los dos en el borde de la cama, luego empezó a besarme, la verdad es que no sabía muy bien lo que hacer si consolarla o marcharme y dejarla allí en un estado de nervios que no me daban tranquilidad. No podía despreciarla. Sería peor. Ella se echó sobre mí, empezó a besarme con sonoros besos por el cuello, por el pecho, por el vientre y llegó a meterse en la boca todo mi ser vesubiano, prepuciano hasta que noté que, a pesar de mi no-disposición a hacerle el amor a tan desequilibrada mujer, se me puso de mármol con un David de Miguel Ángel.  Creí ingenuamente que una noche más con ella le iba a sentar bien, que, después, una explicación por la mañana sobre mi limitada disponibilidad amorosa, le iban a hacer comprender que yo era un capricho ocasional nada mas, y por supuesto que nos separaríamos siendo tan sólo, amigos, pero no, no fue así.  
    A la mañana siguiente cuando me desperté en la cama, la alemana había bajado a la cocina a por el desayuno que me lo traía en un bandeja con una roja de plástico en un vaso, y además su contento había despertado interés en la gobernanta y cocinera por saber quién era el afortunado que estaba en su dormitorio, y que sin duda no iba a quedar en el secreto. Yo no quería que Miranda se enterara de mi lío con la alemana.
    Yo había cometido un error imperdonable, el de apiadarme de una mujer sola y menopáusica que sin saber por qué causa o razón se refugiaba en aquella isla desértica reina de los vientos tan lejos de la civilización y de su ciudad de Colonia.
   Cómo podía yo concentrarme en mi Almanzor, si no encontrar paz, para qué había elegido yo Tabarca, sino para sentirme relajado y comprar tiempo.  El tiempo que me quitaba la alemana con sus actos, no comprendía su necesidad de cariño por mi parte, ella me lo ofrecía todo a cambio de una fidelidad convertida en amistad, pues entre nosotros no cabía otro asunto.   Ella era una esponja de cariño, de atenciones, me decía que quería reciprocidad. Después de desayunar me disculpé diciéndole que tenía que trabajar, me fue a  mi habitación y abrí el ordenador:

     …Aurelio de la Vega y sus hombres nadaron para hacerse con el control, de un barco. Sorprendieron a las centinelas y lucharon hasta hacerse con el control. Dragutón en venganza prendió fuego a todas las casas de la isla, que ardieron con facilidad porque eran cabañas más que casa de mampostería. El turco Dragutón sabía que los habitantes de la isla estaban ocultos en algún lugar de la isla pero no sabía dónde, esto solamente era cuestión de tiempo, porque la isla no tenía escapatoria.
    Uno de los piratas dijo que había encontrado una gran gruta marina, a la que se accedía por un peligroso acantilado, y allí se dirigió aquel grupo de piratas sin compasión para hacerlos cautivos, y venderlos en alguna ciudad del Norte de África.
    Las mujeres y los niños refugiados en la gruta del Lobo Marino ya no estaban seguros. Hallaron unos antiguos restos de un barco antiguo naufragado, tenía una especie de tesoro, entre ellos un medallón con una madia luna que giraba. No era…
    


10
    La curiosidad de que el despacho del párroco dispusiera de una biblioteca sobre Tabarca podía más que la obligación que me unía a un editor que me había pagado por anticipado por una novela, de la que no era capaz de salir del II capítulo, por eso le pedí a Miranda que le pidiera la llavea Jacinta, la Beta, y me acompañara dentro de la iglesia pues según dicen posee una cripta o sótanos donde antiguamente se almacenaban víveres y otros enseres de pesca. Después de comer fuimos los tres: Jacinta, Miranda y yo al despacho del cura... Encontré un libro antiguo de repoblamiento de los primeros habitantes de la liste, y to tomé prestado, y así se lo hace saber a Jacinta que me lo llevada por unos días.
    Cuando regresé a mi habitación, la alemana estaba en mi habitación tendida en mi cama y  temblando de frío, sumida en la inseguridad, sin arreglar., llorando diciendo que le habían robado todas sus joyas y su máquina fotográfica profesional, en secreto me decía que sospechaba de Miranda, ya que era la sirvienta que entraba a hacerle las camas, estaba segura.  Yo no podría aceptar la acusación, sabía que ella era incapaz de cometer un robo, no era una condición. Era un tema que estaba muy visto: el de culpar al servicio del hotel.
    La alemana quería ir a Santa Pola a presentar la denuncia, yo le dije que se espera, que no se precipitara  que no se podía acusar a una persona sin pruebas, que yo me comprometía a hablar en serio con Miranda. Se puso muy pesaba, luego se bebió un whisky, se fumó medio paquete de rubio, a mí me interesaba clamarla para que no metiera a Miranda en un lio penal, pues la fama se pierde en un momento pero luego, es posible que no se restituya jamás. La alemana estaba, sin motivos,  celosa, enfermamente celosa.
    La cuestión del supuesto robo se supo en todo el Hotel, y la recepcionista del mismo le pidió a Miranda que no volviera por el Hotel hasta que se averiguara la verdad. Yo hablé con Miranda, se puso de un humor de las que se tiran a los pelos de quienes las ofendes, yo estaba en medio de las dos haciendo de árbitro.  Me vi obligado a consolar a la alemana para que no denunciara, no son muy dados estas mentalidades protestantes a confesarse con alguien que no sea su psiquiatra, me contó que ella fue fotógrafa que incluso hacía trabajos para Nacional Geografhi, pero ocurrió una desgracia, su hija también fotógrafa se tiró por una ventana en Nueva York a los veintitantos años de edad, sin haber encontrado la explicación, la alemana perdió la relación con su marido, un argentino, porque, reconocía, que se puso insoportable, desde entonces viajaba a los lugares más solitarios para descansar, no para hacer fotos profesionales.



 11
   Por aquellos días llegó a la isla un joven apuesto, hijo de don Agustín, un importante industrial de zapatos de Elche que tiene aquí una casa, lo que no supe es que el joven había pretendido anteriormente a Miranda, y cuando se enteró de los rumores de robo en la isla se presentó ante mí con una furia de solucionar las cosas hablando con la alemana, al cual estaba cada día más nervioso, y más desequilibrada, capaz de cualquier tontería, como la que hizo tres días después de lo del supuesto robo, como atiborrarse  de barbitúricos,  y sobre todo allí que no hay ni médicos, una urgencia y como te tienen que llevar en barco porque helipuerto no hay, te mueres, esta isla es para descansar y no tomarse los asuntos muy a pecho.  
     Por aquellos días volvió el levante de tormenta, olas de hasta nueve metros, un yate naufragó de noche en los islotes de..., todo el pueblo bajó de noche para salvar a la tripulación, llevaba un cargamento de drogas, se armó un zipizape porque algunos habitantes de la isla no querían dar cuenta de ello, la tripulación se salvó, eran 4 italianos.
     
     La alemana se puso muy contenta cuando vio que Miranda y el nuevo joven y apuesto Agustín salían juntos, como si ese joven me la hubiera quitado,  desde luego, era una amenaza, un tipo más joven, que yo, apuesto y con pasta.  La alemana no entendía que yo no quería con ella una relación afectiva duradera, fue un error apiadarme de ella. Pero ella no me escuchaba, no quería entenderme, y le daba igual todo lo que le decía, primero me decía sí, sí, y luego al desequilibrio otra vez porque era una persona sin voluntad, una enferme sin cura. La alemana, histérica, se lio a bofetadas conmigo, así porque sí, como una forma de desahogo. Tomé la puerta y me fue dando un portazo.
      Otro día que me acerqué al faro de levante, cerca de la antigua torre o castillo, para escribir mis notas en un bloc, vi que de lejos había un bulto, cuando presté atención me di cuenta que era la alemana que me estaba vigilando como un detective privado, eso era el colmo, fui hasta ella, y cuando todavía no me había acercado lo suficiente, resbaló cayó por el acantilado, no había un solo testigo que pudiera hacer valer  mi coartada de inocencia. Me entró el pánico y en vez de dar  parte a la autoridad o al pedáneo, cometí un gran error, bajé  hasta el cuerpo de la alemana que ya estaba muerta. Y sin pensármelo más la enterré en el lugar donde cayó con algas y piedras en un lugar oculto, no muy lejos del mar.
     Días después, volvió el enloquecido viento y el temporal de levante. Cuando creí que todo estaba olvidado, apareció el cadáver de la alemana por el rugir del temporales de fondo que visitaban la isla como una clara intención: la de limpiar de toda clase de cadáveres de las playas que, se hubiera podrido si el mar no ejerciera su función renovadora de limpieza.  Por primera vez vi a la Guardia Civil en la isla vinieron a levantar el cadáver aparecido en la playa principal de Tabarca.
   Después de hablar con los vecinos, los guardias me acusaron de su muerte y del robo de un medallón y de un libro antiguo en la iglesia. Yo, ahora no entiendo nada. Me detuvieron y me metieron en el ferry, sin darme muchas explicaciones, dirección a la Comandancia de  Santa Pola. Volvía esposado. No puedo salir de este infierno de paraíso isleño.
   
     Increíblemente pero cierto, cuando estábamos embarcando en el espigón del puerto, los personajes de mi novela, un grupo de hombres armados con espadas, vestidos como en el siglo XVI  se liaron a golpes contra la pareja de la Guardia Civil, y me liberaron de ser detenido y llevado a la cárcel. Qué quedé libre pero preso en la isla, pues me dijo don Aurelio de la Vega que no saldría de la isla hasta  que no acabara la novela Dragutón, el sanguinario. Porque si yo me iba sin acabar,  sus vidas quedarían en un limbo de ficción.

     A veces, lo mismo que podemos ir de la realidad a la ficción, la ficción puede venir a la realidad, o que pueden hablar con los lectores, a pesar de ser seres invisibles.   
    
      Estoy encerrado con llave y oculto en la antigua  torre, y custodiado por hombres de don Aurelio de la Vega, sin poder salir hasta que acabe la novela, ello me obliga a tener  que liberar a todas las mujeres y niños de la gruta del Lobo Marino.  Miranda se fue a trabajar a Benidorm. De las joyas de la alemana nada se supo. 

Relato número 23 de mi libro "Perito en pecados", Amazon 2916. Ramón Fernández Palmeral